lunes, 27 de abril de 2009

ABRIL DE CADA AÑO


Por: Dra. Gladys Feliz Pimentel
Crecí mirando durante todos los meses de Abril de mi niñez, de mi adolescencia y de mi vida de adulta ver largas horas de lágrimas en los ojos de mi madre que en paz descanse, siempre fue así, ella lloraba por el único hijo varón que Dios puso en sus brazos se llamaba Alfredo Montero Pimentel (ália Valeche) con apena 25 años de edad y que un día 26 de Abril del 1965, decidió venir de Barahona a Santo Domingo, a una guerra que solo él entendía, su ideal patriótico y sus ideas revolucionarias, propia de jóvenes de esa época, era lo único importante para él, eso a mi corta edad yo no lo entendía; era mi único hermano, todas éramos hembras; una familia formada por ocho hermanas y el único Varón, con el que crecimos en medio de sueños y metas, siendo este el más sobresaliente, educado, disciplinado, del hermano que soñaba con un mundo mejor. Mi único hermano que se llevó la guerra, un único hermano que mi madre no logró enterrar, mi madre solo recibió el consuelo de su familia y nunca dejó de llorar a ese hijo perdido en una guerra que ella nunca entendió.
Ella vio toda su vida, que solo su hijo era recordado por ella; este era otro soldado más desconocido, de quien nadie habló; nunca a su puerta llegó una nota de consuelo, y el nombre de él nadie nunca lo pronunció; fue un pobre soldado desconocido, único hijo de una madre desconocida; mi tristeza no es esa ahora, sino que creo, que lo que mi hermano hizo, no valió la pena, pues, nunca se ha reconocido el valor y la labor de ese grupo de Jóvenes Barahoneros que ofrendaron sus vidas en Abril del 1965.
Sólo viví mirando a una madre llorar por un soldado anónimo, el cual no pudo ni siquiera su cuerpo enterrar, cuanta pena me da cada mes de Abril, que aunque hoy ya, mi madre no está para verla llorar, por ese hijo que la guerra le quitó; ahora soy yo quien lloro por él, sintiendo que lo que él hizo no valió la pena; cuando veo como mi país está arropado por la impunidad, la corrupción, la criminalidad y el narcotráfico, donde la inversión de valores, no le da ninguna seguridad ciudadana a los dominicanos, en ningún orden institucional, con una justicia, que solo se le aplica, al que no tiene con qué pagar una buena sentencia o un indulto, a un país sin liderazgo, donde solo vale el tráfico de influencia, donde los proyectos no se publican sus costos, donde para tener dinero y prestigio solo hay que ser político, aunque no haya asistido a una universidad, a un país donde las fuerzas castrenses, que son las llamadas a protegernos, sean las que están en medio de la delincuencia y el narcotráfico, a un país donde una mujer es reconocida por la posición económica que tiene y no a aquella que ha criado y educado a una familia vendiendo pollo picado, friendo yaniqueque, o trabajando en casa de familia.
Realmente, no quiero morir como mi madre, llorando todos los meses de Abril de cada año, por el hermano que se llevó la guerra; quiero algún día sentir y creer que eso valió la pena, viendo a mi país cambiar y que se respeten los derechos del ciudadano, aunque no tenga posición económica, ni tráfico de influencia, donde mi país esté libre de la delincuencia y el narcotráfico, donde los jueces y los fiscales no vendan sus sentencias y dictámenes, donde los cuerpos castrenses verdaderamente hagan su papel de proteger nuestro país, como lo dicta la Constitución y que ésta a su vez, no sea modificada como un traje a la medida del gobierno de turno. Eso es lo que yo quisiera, tener el país que quiso tener mi hermano y que soñó Juan Pablo Duarte.